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Es posible que la poesía de Gertrude Stein sea otra cosa que poesía: su palabra tal vez presuponga una expresión que es objeto que es fulgor que es inmanencia y vacuidad. De esto se sucede que traducir la poesía Stein sea acaso, y demostrablemente, otra cosa que traducir: se vislumbra factible que el proceso entero sea reversión que es progreso que es renuncia que es constancia. Quizá traducir la poesía de Stein sea tanto imitarla como negarla y, al mismo tiempo, definirla y privarla de sentidos que, en principio, nunca había de poseer pero que, al correr de lecturas repetidas, se manifiestan aleatorios en la certidumbre de una total inconcreción. Poeta ella misma, Lorena Huitrón ofrece —y niega al mismo tiempo— las posibilidades absolutas, en español, de una lengua poética que, en su interna contundencia, halla vaguedades perennes en la vaporosa cosidad del inglés de Stein, creadora siempre original y sorprendente. Huitrón, en el prólogo a su Botones tiernos, advierte: “La escritura de Stein está cargada de sentido, nos lleva a las palabras y no a lo que ellas significan, estructura la realidad en planos yuxtapuestos, hay una intención: desgarrar para ver qué hay del otro lado aunque no haya nada”. Mas si Stein desgarra, nuestra poeta-traductora hilvana y a un tiempo deshilacha, con mano experta, las fibras de los textos y contextos, la urdimbre intrincada, aunque extrañamente tersa, de versos que de por sí revientan ya sus propias costuras en cada pespunte de discernimiento.

 

MARIO MURGIA

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